26 septiembre 2016

Dedicado a alguien que no es mi madre, no es mi hija, ni me hermana, ni mi amiga, ni mi amante, ni mi pretendiente ni mi pretendencia, tampoco a mi misma, quizás si a mis partes oscuras

Voy a tener que crear un conjuro. Voy a tener que inventar palabras que no conozco para nombrarla. Voy a tener que volverme viento para entrar en su casa rompiendo una ventana todas las noches mientras duerme, sólo para atormentarla.
Voy a tener que fabricar una escalera sin escalones, un ascensor sin poleas, una manera de escalar sus infinitas piernas en un viaje hacia un país deshabitado, a una isla virgen o a una tierra desconocida.
Voy a tener que tirar una soga hacia su ombligo para subir hasta su centro, meterme por ese túnel y con el peso de mi cuerpo desgarrarla, para llegar a su pecho y vaciarla desde adentro. Trazar un surco con la punta de mis dedos en su espalda. Y con el filo de mis uñas hacer un hueco. Con una mano formar una pinza. Con la otra, un cuenco. Extirparle la médula. Y comérmela.
Voy a tener que subir por su tráquea hasta su boca y mezclarme con su saliva como veneno, bailar como un escorpión en celo sobre su lengua hasta entumecerla completa.
Voy a tener que estrangularla un poco para que lo último que roce sus labios sean las gotas de mi cuerpo evaporándose desde su interior.
Voy a tener que volverme agua, subir hasta el techo y condensarme contemplando su cuerpo, hasta arribar nuevamente sobre ella en caída libre, peligrosa travesía.
Voy a tener que ahogar su conglomerado de católicas costumbres, derribarla como un tsunami, corromperla entera, des-explicarle todo. Será necesario repetirlo muchas veces, hasta que deje de lado su interior de pajarito frágil, y erradique por completo su pavor,
Y va a tener que crear un conjuro. Va a tener que inventar palabras que no conoce para llamarme. Sobre su frente tatuarse mi nombre. Descubrirse temeraria, imprudente, bosque en llamas, ave fénix. O voy a tener que empezar otra vez.

13 octubre 2015

Alguna vez tuve un mechón de pelo rubio y me aburrí después de un mes. Por ese entonces necesité irme muy lejos para poder despegarme de las cosas que tenía muy cerca. Tuve que estar a 7 mil metros de altura para poner los pies sobre la tierra. Respiré fuerte el olor a lluvia sobre un campo de lavanda, y con los ojos bien abiertos por primera vez, saboreé la melancolía prematura de los finales inevitables. Fui y volví. Enseñé y me enseñaron. Dejé y me dejaron. Sonreí hasta que me dolió toda la cara. Lloré hasta quedarme dormida. Esperé palabras que no me dijeron y recibí otras cuantas que no esperaba. Y aprendí cosas sobre la inmensidad el día que temblé cuando al soplar, derribé una ciudad entera.


30 julio 2015

Irreversible

Puse el mismo disco todos los días a las nueve antes que la resiliencia me obligara a levantarme.
Inventé un rompecabezas en donde no encaja ninguna pieza para no tener que terminarlo, y tuve que sacar todas las plantas de mi casa para no acostumbrarme a ver morir las flores en invierno.
En mi mesa sigue habiendo dos copas de vino aunque cene sola. Y aún así, me emborracho demasiado poco.
Una vez alguien se animo a decirlo y agradezco: el tiempo no cura nada.




26 junio 2015

Una señal

¿Por qué conservarías tantos meses esa carta sobre el escritorio?  La pregunta te sonó violenta, casi sentiste que te abría la puerta mientras estabas en el baño. Creeme que mi naturalidad fue sincera, que sólo me preguntaba porqué conservarías una carta de amor ahí y no en un cajón, por ejemplo. Entonces supe que era la misma vieja historia de siempre, la historia de quien no quiere soltar lo que ya no da para más. Creeme que mis intenciones eran buenas, y que tu cara de espanto al ver mi mano sobre ese papel fue la señal ineludible de que tenía que huir. Huir y pronto, de quien se ata a un pasado y se condena a si mismo a vivir de la nostalgia de añorar lo que pudo ser y no fue. Creeme que dejé la carta apoyada en el mismo lugar donde la encontré solo porque respeto la vulnerabilidad de la desnudez. Me quise reír de ternura, pero en lugar de risa, no hubo nada.


01 octubre 2014

SLP


Sabía las pautas: "si lo probás..."
Sentí la piel sobre lo prohibido.
Sentí la pena, saqué la podredumbre.
Ahora soy la peste. Soy lentamente pobre.
Y sé lo peor.

24 agosto 2014

Gajos de mandarina

Una había apagado la luz, acusaba vergüenza. Ya en la oscuridad total, la otra deslizaba su lengua entre los muslos ajenos, como una patinadora sobre hielo. Tanta suavidad hizo que le temblaran las manos al abrirle las piernas. Respiró profundo como cuando se llega por primera vez al mar, y en un movimiento tosco e inseguro, hundió su cara en la novedad.

17 julio 2014

Cuenta regresiva

Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Mirar el techo. Desgano, resignación. Silencio y mis ojos ardidos e hinchados por el desvelo. No se cuantas horas dormí, habrán sido dos, tal vez tres, es igual. El techo frente a mis ojos que se vuelven a cerrar por cansancio, por inercia, es igual. Es igual el techo de este cuarto a cualquier techo de cualquier cuarto. No se cuantas horas dormí pero se que amaneció porque veo el techo frente a mis ojos, veo un ventanal que es igual a cualquier ventanal de cualquier casa que da al norte, veo la luz del sol.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo, una cuenta regresiva. Si son diez, si son quince o si son dos los minutos me da igual. Me da igual porque se que va a sonar esa alarma, se que voy a ir al baño a lavarme los ojos ardidos e hinchados por el desvelo. Cuento quince, catorce, trece, el techo frente a mis ojos, doce, once, el silencio, diez, nueve, mi hombro izquierdo que roza el hombro de ese hombre que no mira el techo, ocho, siete. el silencio se mezcla con la respiración de ese hombre que tampoco mira el ventanal, seis, cinco, cuatro, la luz que se me clava en los ojos y no me importa, tres, dos y el silencio es asesinado sin clemencia por una alarma que despierta al hombre que me roza el hombro y que sin abrir los ojos, toma mi mano y la besa. Me desligo por obligación de esa mano que sostiene la mía, todavía tibia de tanta sábana y edredón. El cuerpo me pesa una tolenada, o no me pesa nada, me da igual. Me levanto de esa cama y se que es la última vez, arrastro mis pies descalzos por el suelo de ese cuarto, que es igual a cualquier suelo de cualquier cuarto. Arrastro mis pies por el pasillo, arrastro mis pies por el baño. Cierro la puerta y prendo la luz con mi mano que sostiene ahora una porción de aire helado.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Abro los ojos, cierro los ojos. Abro los ojos, cierro los ojos, los abro, los cierro, los abro y el espejo. Busco en el espejo mi cara. Busco en mi cara mis ojos. Estan ardidos e hinchados y me da igual porque mas me arde no encontrar ni un solo motivo para sonreir. Sostengo mis ojos en el espejo que me mira desde una cara que ya no sé si es mía, con esos ojos ardidos e hinchados que ya no son míos porque tenerlos o no, me da igual. Arrastro los pies por el baño y arrastro los pies por el pasillo, entro al cuarto y arrastro los pies por el suelo buscando mi ropa y me visto por obligación. Abro los ojos o los ojos me abren a mi, escucho el silencio, siento en mi mano el calor de la mano de ese hombre que mira el ventanal despidiendose de la vista al norte.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Una mochila de setenta litros con poca ropa. Una mochila que yo ayudé a llenar. Una mochila con dos kgs de yerba para que el hombre que mira el ventanal no extrañe la costumbre en la frontera. Una mochila con una carpa y una bolsa de dormir que quien sabe cuantas playas y montañas y caminos recorrerá. Una mochila con una carta escrita ayerpor mis manos, estas manos que ahora sostienen una porcion de aire, estas manos que ayer cerraron esa mochila que se lleva poca ropa, dos kilos de yerba, una cuarpa y una bolsa de dormir, una carta escrita ayer y los pedazos de mi entereza, de mis sonrisas y de mis preguntas.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Arrastro los pies por la escalera cuesta abajo y cada paso suena a roto. No se si cruje la madera de la escalera, o crujen los añicos de mi vida entera. No se si lo que cruje es mi ilusión desmoronandose junto con los pasos de ese hombre que baja delante mío, como enseñandome el camino que mis pies debieran recorrer para no crujir. Arrastro mis pies por la escalera y cada descenso me cruje, crujo yo con la madera, todo mi cuerpo cruje en un intento vano de demorar el próximo paso pero temo quedar demasiado lejos de ese hombre, cruje mi cuerpo en vano en señal de protesta, cruje en vano con desaliento y ya ni si quiera con dolor. Si cruje la madera, la escalera, crujo yo, o la mano de ese hombre que abre la puerta de calle, me da igual.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Lo sexto es un abrazo. Un abrazo en la puerta de salida de esa casa. Un abrazo que guarda, que resume, que abarca y despide el verano como un tumulto de hojarasca crepitándome la piel. Un abrazo telaraña que se enreda entre mi pelo revuelto y que recibo sin asombro y con derrota. Un abrazo que doy y que termina en un temblor que desmorona edificios de concreto. Un abrazo que culmina y trae invierno, trae lluvia, moja la tierra del sendero bajo mis pies. ME-DA-IGUAL. Ahora todo es barro.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Lo sexto es un abrazo. Lo séptimo es el barro. Barro que se funde con la suela de mis zapatillas y que trepa por mis tobillos con confianza de amigo. Barro que me inunda a cada paso, que se hace pierna cuando me alejo de aquel abrazo arrancado. Barro que nace en el sendero junto a esa puerta que no me importa si sigue abierta o esta cerrada porque no quiero mirar atrás. No quiero mirar esa puerta, no quiero mirar mis pies. No quiero mirar atras. Camino sobre el barro que me adopta como suya y me da igual. Por inercia, indiferente, sigo el camino salpicando pedazos de mí. La exterminación de mi sopor se vuelve barro como una montaña de tierra acechada por un chubasco repentino. Ahora todo es barro, como el inevitable despertar de un letargo voluntario, como cerrar un paréntesis, como beber agua en un cuenco de barro.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Lo sexto es un abrazo. Lo séptimo es el barro. Lo octavo cruzar un puente. El barro de mis pies deja huellas en el concreto del puente que comienza en donde termina el sendero. Las huellas sobre el concreto trazan el puente. Cada paso que doy me desmorona, subo el puente y el viento me sopla, me rechaza, me quiere devolver al sendero de barro. Subo el puente con desgano y por obligación. Ya es inútil mirar atrás. Me da igual.
Mis pies se arrastran en el cemento, contra el viento por el puente que cruza sobre una anchísima autopista inundada de vehículos que avanzan bajo mis pies. Miro mis huellas, miro el cemento, miro bajo el puente la autopista y me detengo. Me detengo en el medio de ese puente y me asomo a mirar la bajo mis pies. Los vehículos desaparecen como tragados por el muro de concreto sobre el que permanezco inmóvil, como una estatua de barro seco. El viento me sopla la cara, me cierra los ojos y me susurra invitándome a anclar mis pies. No quiero mirar atrás, no quiero mirar bajo mis pies. No quiero anclarme. Sigo trazando el puente, ya no dejo huellas. El barro de mis pies se ha secado con el viento y ahora llego al otro extremo de ese puente con desgano porque todo me da igual.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Lo sexto es un abrazo. Lo séptimo es el barro. Lo octavo cruzar un puente. Lo noveno es la caída. Llego al extremo de ese puente, el viento me sopla, me aturde, pierdo y el equilibrio y caigo. Con hastío de mi misma, reprochando mi estupidez, detestando mi optimismo de cotillón, caigo. Miro mis manos sobre el cemento, mis rodillas se quejan. Mis ojos escupen sin miedo todo de mi. Me deslizo hacia el cemento como agua de montalña, desciendo por mis mejillas como un rio lleno de furia, desciendo por mis brazos hasta mis manos que rechazan el suelo, inundo el puente, lo inundo todo y me escurrocomo una catarata hacia la autopista. Soy una cortina de agua, soy tempestad que arrastra como piedras a esos autos, en esa autopista bajo ese puente. Soy un río tormentoso que ahora cesa de repente su flujo como cesa la tormenta cuando ya no queda agua.
Lo primero es abrir los ojos y el silencio. Lo segundo una cuenta regresiva. Lo tercero es el espejo. Lo cuarto una mochila. Lo quinto bajar una escalera. Lo sexto es un abrazo. Lo séptimo es el barro. Lo octavo cruzar un puente. Lo noveno la caída. Lo último, levantarse. Levantarse cuando ya no queda nada. Empujar con las manos el cemento, rechazar la fuerza de gravedad. Levantarse con los ojos mojados, abrirlos, contar hasta diez, levantarse con los pies llenos de barro y rechazar la fuerza de gravedad. Levantarse y desechar en un jadeo toda evocación a esa utopía cataplasma que quedó sepultada en el sendero de barro al otro lado del puente. Me levanto porque ya todo me da igual. Me levanto y camino arrastrando los pies y arrastrando mi quimera, me subo a un colectivo que desciende a la autopista bajo el puente. Me subo a un colectivo que arrastra mi cuerpo lleno de barro a la rutina anterior a ese paréntesis de fantasía que se cierra con la puerta del mismo colectivo en el que me desplomo para cerrar los ojos nuevamente, y respirar. Respirar, o no respirar, me da igual.